Zanoni
El Secreto de los Inmortales

Zanoni es una novela que sólo pueden leer los interesados en el horror sutil, a pesar de su incursión en el ocultismo directo y en ocasiones brutal. Si esperan encontrar vampiros adolescentes o demonios menopáusicos deberán incurrir en otros foros. Edward Bulwer Lytton, con todas las deficiencias de un género recién nacido, nos propone un viaje que, como muchos otros, ha concluido antes de ser transitado.

EL SECRETO DE LOS INMORTALES

EDWARD BULWER-LYTTON

Traducido por Quintín López Gómez

CUBIERTA DEL LIBRO

« Zanoni, o el Secreto de los Inmortales » es uno de los textos más célebres de la literatura esotérica. Es una novela iniciática en el marco del siglo XVIII.

  • Zanoni es un ser inmortal que vive desde la época de la civilización caldea. Para preservar su inmortalidad y sus dotes de clarividencia, el amor con una mortal le es prohibido. Cuando conoció a Viola, una joven de Nápoles, cantante de ópera con un futuro prometedor e hija de Pisani, un incomprendido violinista italiano, su corazón dio un vuelco.
  • Zanoni’s master, Mejnor, warns him against a love affair with Viola, but he does not heed. As love deepens between Zanoni and Viola, Zanoni experiences an increase in humanity and begins to lose his gift of immortality.
  • Mejnor, el maestro de Zanoni, le advierte de los riesgos de ofrecer su corazón a una mortal. Pero el corazón tiene sus razones que la razón no conoce.
  • Mientras que la pasión aumenta entre la joven pareja, la inmortalidad de Zanoni concede un lugar a una creciente humanidad…
  • Una historia de amor intemporal.
  • Gran formato, 556 páginas.
Zanoni, o el Secreto de los Inmortales (Edward Bulwer-Lytton)
Zanoni, o el Secreto de los Inmortales (Edward Bulwer-Lytton)

FICHA DEL LIBRO

Tabla de Contenido

INTRODUCCIÓN

Introducción

Libro Primero: La Música

Pisani

Viola

Dos Triunfos En Uno

Auxilio Oportuno

El Desconocido

Viaje Instructivo

Siguen Las Enseñanzas Del Viaje

Más Enseñanzas

Terquedad Y Felonía

Pisani Otra Vez

¡Sola!

Libro Segundo: Arte, Amor y Admiración

El Prólogo De Otra Historia

Glyndon Y Zanoni

Rapto Frustrado

Inexplicables Afectos

El Palacio De Zanoni

Visita Interesante

Divagaciones

Un Antiguo Conocido, Una Interrupción Inesperada Y Una Sana Lección

El «Buen Juicio» Pervirtiendo Ideas

Comentarios Al Anterior

Coloquio Extraño Y Extraños Presagios

Libro Tercero: Teurgia

Triple Efecto De Una Droga

Momentos De Dicha

¡Disponed De Mí!

Tinieblas Y Luz

El Confesionario Del Corazón

Inesperadas Sorpresas

Carta De Zanonia Mejnour

Picadura De Áspid

El “Buen Sentido” Equivocándose

¡Al Vesubio!

¡Viola Pospuesta!

¡Consumatum Est!

Del Ángel Bueno A Luzbel

Advertencias De «Un Impostor»

Resolución De Glyndon

Entre Zanoni Y Mejnour

Festín Trágico

En Manos Del Maestro

Libro Cuarto: El espectro del umbral

Historia De Maese Páolo

Preliminares De Iniciación

La Iniciación

Lección Primera

Un Emulo De Icaro

¿Me Amáis De Veras?

El Espectro Del Umbral

El Retiro De Zanoni

Invocación

Extracto De Las Cartas De Zanonia Mejnour

Amor Y Superstición

Libro Quinto: Efectos del elixir

¡Degradado Y Acosado!

Hablando Del Ruin De Roma…

¡Sin Reposo!…

Confidencia

Efectos De La Confidencia

En Marsella

Libro Sexto: La superstición huyendo de la fe

La Sombra De La Muerte

Natalicio

Dos Cartas

Bramidos Del Huracán

Fatal Revelación 420

Entre El Miedo, La Superstición Y La Confianza

¡Hijo Mió! ¡Tu Madre Te Salvara!…

Carta De Viola A Zanoni

Entre Zanoni Y Mejnour

Libro Septimo: El reinado del terror

Conciliábulo De Asesinos

El Beso De Judas

De Zanoni A Mejnour

Trabajo Inútil

Preparando La Venganza

Planes Diabólicos

En La Boca Del Lobo

Un Espía Y Un Amigo

La Redención De Un Cautivo

Preludios De Revancha

Ruptura De Hostilidades

¡Mañana… Mañana!

El Espectro Del Umbral Y El Ángel De La Luz

Despedida

Zanoni Y Dumas

¡Un Día Mas!

Compañera De La Eternidad, ¡Eso Es Morir!

Introducción

Es posible que entre mis lectores haya unos pocos que recuerden una antigua librería que algunos años ha existía en las inmediaciones de Covent Garden1; y digo pocos, porque, a decir verdad, muy escaso atractivo podrían tener, para la inmensa mayoría de la gente, aquellos preciosos volúmenes que toda una vida de continua labor había acumulado en los empolvados estantes de la librería de mi viejo amigo D——.

 

Allí no había que buscar tratados populares, novelas de pasatiempo, historias ni viajes, ni los Conocimientos para el pueblo, ni tampoco la Biblioteca recreativa para todos; pero, en cambio, el curioso no habría encontrado tal vez en toda Europa una colección tan rica como aquella, pues ningún aficionado entusiasta había conseguido jamás reunir tantas obras de Alquimia, Cabala y Astrología como las que figuran en dicha colección. Su propietario había gastado una verdadera fortuna en la adquisición de multitud de tesoros que no debían tener salida; pero hay que decir también que el viejo señor D—— tampoco tenía muchas ganas de venderlos, pues sentía en el alma deshacerse de tales volúmenes. Pasaba un mal rato cada vez que veía entrar en su tienda algún parroquiano; espiaba los menores movimientos del insolente intruso, lanzándole miradas furibundas, y andaba alrededor de él vigilándole sin descanso; refunfuñaba y ponía un gesto de vinagre cuando unas manos profanas sacaban de su polvoriento nicho alguno de sus ídolos adorados. Si por ventura entre las odaliscas favoritas de su encantador harén, seducía alguna al comprador y no retrocedía éste al oír el exorbitante precio que por ella pedía, muchas veces no reparaba el viejo D—— en doblar el precio del libro. Un poco de vacilación por parte del intruso era bastante para que con vivo placer le arrebatara él de las manos la venerable hechicera; pero si, por el contrario, el visitante accedía a sus pretensiones, pintábase la desesperación en el rostro del viejo; y, no pocas veces, en medio del silencio de la noche, llamaba a la puerta del comprador para que le vendiera, en las condiciones que quisiese, el libro que le había comprado pagándole tan espléndidamente al precio que a él se le antojara. Fanático entusiasta de su Averroes y de su Paracelso, sentía la misma repugnancia que los filósofos, a quienes había estudiado, en comunicar a los profanos el saber que había él adquirido.

 

Sucedió, pues, que allá en los juveniles años de mi existencia y de mi vida literaria, tenía yo vivos deseos de conocer el origen y las doctrinas de la extraña secta denominada de los Rosacruces. Poco satisfecho con las escasas y superficiales nociones que acerca de este asunto pueden halarse en las obras corrientes, se me ocurrió la idea de que en la colección del señor D——, que era muy rica, no sólo en libros impresos, sino también en manuscritos, encontraría, tal vez, algunos datos más precisos y auténticos sobre aquella famosa fraternidad, escritos, quizás, por alguno de los miembros de la misma orden, y que viniesen a confirmar, con el peso de su autoridad y con ciertas particularidades, las pretensiones a la sabiduría y a la virtud que Brigaret atribuía a los descendientes de los Caldeos y Gimnosofistas.

 

Así, pues, encaminé mis pasos hacia dicho punto, el cual era indudablemente — aunque deba avergonzarme de confesarlo— uno de los sitios que en las crónicas de nuestros propios días, errores y engaños tan absurdos como los de los alquimistas de los viejos tiempos? Es muy posible que nuestros mismos periódicos parezcan a nuestra posteridad tan llenos de patrañas, como lo son a nuestros ojos los libros de los alquimistas, sin exceptuar aquello de que la prensa es el aire que respiramos, y eso que es también un aire sumamente nebuloso.

 

Al entrar en la librería, me llamó la atención el venerable aspecto de un parroquiano a quien veía allí por primera vez, y aun me sorprendió más el respeto con que le trataba el poco amable coleccionador.

 

—Caballero —le dijo al fin con un tono lleno de énfasis, mientras yo estaba hojeando el catálogo, —en los cuarenta y cinco años que llevo dedicados a esta clase de investigaciones, es usted el único hombre que he encontrado digno de ser mi parroquiano. ¿Cómo ha podido usted, en estos tiempos tan frivolos, adquirir unos conocimientos tan profundos? Y dígame usted: ¿no habrá en toda la tierra un libro, un manuscrito siquiera en el cual pueda uno aprender los descubrimientos y las enseñanzas de esa augusta fraternidad, cuyas doctrinas, solo vislumbradas por los más grandes filósofos, son para estos todavía un misterio?

 

Al oír las palabras “augusta fraternidad”, no hay para qué decir cuánto se excitó en aquel momento mi curiosidad, ni con qué ansia esperaba yo la respuesta del desconocido.

 

—Yo no creo —dijo el anciano caballero —que los maestros de dicha secta se hayan revelado jamás al mundo, como no sea por medio de oscuras insinuaciones y de parábolas místicas, sus verdaderas doctrinas; y no seré yo, ciertamente, quien les dirija el menor reproche por su discreción.

 

Calló después que hubo dicho esto, y parecía que iba a retirarse, cuando yo me dirigí al coleccionador diciéndole de un modo algo brusco:

 

—Nada veo en su catálogo, señor D——, que haga referencia a los Rosacruces.

 

— ¡Los Rosacruces! —exclamó el viejo visitante, mirándome fijamente con cierta sorpresa mezclada de recelo. — ¿Y quién, a menos de ser un Rosacruz, podría explicar los misterios rosacruces? ¿Ha podido usted imaginar siquiera que algún miembro de esa secta, la más celosa de todas las sociedades secretas, pudiera levantar el velo que oculta al mundo la Isis de su sabiduría?

 

— ¡Tate! —dije yo entonces para mis adentros. —Esa será, pues, la augusta fraternidad de que estabais hablando. ¡Loado sea Dios! Por fin había topado, indudablemente, con un individuo de tal fraternidad.

 

—Pero —dije en voz alta, —puesto que es inútil buscar en los libros, ¿en dónde podría yo obtener datos sobre esta cuestión? En nuestros días no puede uno arriesgarse a poner en letras de molde cosa alguna sin saberla de buena tinta, y apenas se puede citar una frase de Shakespeare, si no se cita al mismo tiempo el título de la obra y el verso correspondiente. Esta es la época de los hechos, caballero, la época de los hechos.

 

—Bien —dijo el anciano con una amable sonrisa; —si nos vemos alguna vez, quizá podré, por lo menos, dirigir las investigaciones de usted hacia la fuente misma del saber.

 

Dichas estas palabras, abrochóse el gabán, llamó con un silbido a su perro, y se marchó.

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